Por Emilio del Carril
Romualdo Gallanes decidió que la única forma para obtener la fama como escritor era hacerles creer a los académicos que había muerto. Lo preparó todo para que solo quedaran cenizas después de la explosión de su casa. Desde un escondite cercano, observó la escena. De inmediato, sus libros vendieron millones. Los críticos enloquecieron ante la calidad de las historias del escritor “muerto”. Se instaló en un suburbio, adquirió otro nombre y publicó su mejor novela. Pero los críticos comentaron que era un texto infame porque, en esencia, el escritor era un mal imitador de Romualdo Gallanes.
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