Por Liz López Torres
Recuerdo lo primero que pensé cuando inicié la universidad: “Debo ser exitosa”.
A mis diecisiete años, me había puesto una carga tan pesada en la espalda que me hacía arrastrar los pies. Cada actividad de clase era una nueva oportunidad para, frenéticamente, querer sobresalir. ¿Y por qué sería de otra manera? En la escuela te enseñan que, si no tienes buenas notas, no llegarás muy lejos; en la casa, esperan que te conviertas en alguien grande algún día, y la sociedad promueve la cultura de logros. Es así cómo comenzamos a obsesionarnos por destacarnos en lo que hacemos; a buscar eso que nos dará el privilegio de llamarnos “exitosos”; a acercarnos al filo del abismo.
Hace unos días me pregunté si el éxito en nuestra sociedad se había convertido en una aspiración personal o en una presión social. Es algo humano que todos tengamos sueños, objetivos y metas que deseamos alcanzar, sin embargo, a veces compartimos nuestros anhelos con otras personas y es aquí donde debemos ser cautelosos. La presión de alcanzar el éxito muchas veces puede venir tanto de nuestro propio deseo de destacarnos como también de las expectativas de nuestros familiares, amigos, educadores y la sociedad. Rebasamos nuestros propios límites con tal de convertirnos en esa idea que tienen los demás sobre nosotros, o muchas veces la idea que tenemos nosotros mismos de lo que deberíamos ser. Es entonces cuando comienza un patrón tóxico, en el cual nuestra motivación es el miedo a fallar.
Siempre he imaginado la presión de ser exitosa como estar caminando en una cuerda floja: cada paso que damos lo hacemos con miedo a caer al abismo que tenemos bajo nosotros. La necesidad de mantener nuestro equilibrio y vernos bien haciéndolo nos consume. No ideamos una manera más segura y sana de llegar al otro lado si no es avanzando con cautela. Así se sentía para mí cada decisión que tomaba, como un paso en la frágil cuerda floja; un error y caería en el abismo del fracaso.
Sin embargo, la sociedad me había enseñado desde temprana edad que debía ser una persona competitiva, ambiciosa y tenaz, y no hay nada de malo en eso, claro, si se hace de una manera saludable.
La periodista Jennifer Breheny Wallace, en su libro “Nunca es suficiente: cuando la cultura del logro se vuelve tóxica y qué podemos hacer al respecto”, expuso que el impulso de los jóvenes por alcanzar diversos logros afecta su salud mental. Esto lo podemos reconocer al ver que nos ponemos una presión excesiva por alcanzar una meta cuando nuestra competitividad se vuelve destructiva, cuando vinculamos nuestra autoestima con nuestro éxito y cuando terminamos convirtiéndonos en personas poco éticas con tal de ser reconocidas. Caminamos enfermos en la cuerda floja, y no queremos aceptar que lo estamos.
La presión por el éxito en nuestra sociedad contemporánea se ha vuelto una carga. Muchas veces nos lleva a desarrollar comportamientos competitivos y autodestructivos con tal de ser reconocidos o lograr una meta. Nos dejamos llevar por el deseo de querer cumplir las expectativas que tienen los demás de nosotros, dejando atrás nuestros propios deseos. Desde pequeños, hemos aprendido que la idea del éxito es la manera de conseguir la felicidad y la realización personal, además, esta creencia ha creado consecuencias en la salud mental de muchas personas.
Es importante entender que la idea del éxito es relativa, pues cada ser humano tiene su propia manera de describirla. No tenemos por qué ponernos en un molde o presionarnos por algo tan variable. Es hora de entender que no hay una única medida del éxito. Es tiempo de liberarnos de la cuerda floja.





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