Por Shekinah Pérez Borrero
Mis ojos no podían creer lo que veían. Era él, finalmente en casa. Mi nieto, luego de tantos años. Aún recuerdo el día que se fue de casa. Luego de un beso en la mejilla, como el viento se esfumó. Le pedí que no lo hiciera… Le rogué que se quedara, mas él quería venganza. Lloré, clamé al Dios de los cielos, mi alma se desgarró. Ya era suficiente con saber que la sangre de mi hija había adornado el suelo por causa de aquel asalto. Sería demasiado añadirle que mi nieto pudiera acompañarla en el más allá. A lo lejos, se escucharon disparos. Me arrodillé clamando por protección y perdón. Como una montaña rusa, mi corazón latía con fuerza, cada vez más rápido, cada vez más lento… Hoy por fin encuentra paz. La luz de mis ojos estaba frente a mí. Intenté abrazarlo, pero no respondió. Era como si yo no existiese. No entendía lo que me ocurría. Vi como salió de mi hogar con rosas Penélope; de hecho, mis flores favoritas. Decidí seguirlo, parecía aún no notar mi presencia. Finalmente, llegó al cementerio y depositó las flores frente a una tumba. Mi mundo se detuvo al escucharlo gimiendo y entre lágrimas decir: “¡Abuela, perdóname! ¡Te amo!”. Entendí que había muerto, mas existen peticiones que sobrepasan dimensiones. ¡Él por fin regresó!
Este texto resultó ganador del primer lugar en la categoría Microcuento del Segundo Certamen Literario (2024) de Educación General y el Laboratorio de Idiomas de la Universidad del Sagrado Corazón.
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