Por Carlos Nieves Vázquez
Tras pactar con el genio de la lámpara que me otorgó la facultad de hacerme invisible, lo
llevé de la mejor forma posible. Me exigía que le sirviera por una jornada de diez horas diarias. A cambio de ello, quedaría invisibilizado el tiempo restante.
—¿De qué hora a qué hora estamos hablando?
—De siete de la mañana a las cuatro de la tarde, mi querido licenciado.
—Prosiga. Le reitero que todo lo hablado entre usted y yo no le perjudica.
—Estoy al tanto. Bien, el tiempo restante me dejaba libre.
—Al igual que invisible, añadió el abogado.
—Así es. Cabe señalar que asumí ese estado de manera voluntaria, a diferencia de otros
menos afortunados que lo llevan sin otra alternativa. En fin, durante ese tiempo libre, dada la superposición de mis habilidades adquiridas y las mañas desordenadas, me dediqué a atracar: farmacias, barras, escuelas, cafeterías entre otras cosas.
Tras un breve momento de intercambio de miradas tajantes, el abogado prosiguió.
—Dijo que su invisibilidad reposaba sobre un pacto con un genio, que a cambio de una
devoción, le concedería la habilidad de ser invisible por un tiempo. Parece que no fue lo
suficientemente devoto porque los residentes del hogar geriátrico llamaron angustiados porque presenciaron un robo ocurrido a las diez de la noche, tiempo en donde su invisibilidad aún tenía efecto. ¿Cómo explica eso?
—Pues, querido licenciado, al parecer no se les hizo difícil identificar a alguien de su
condición.
Este texto resultó ganador del segundo lugar en la categoría Microcuento del Segundo Certamen Literario (2024) de Educación General y el Laboratorio de Idiomas de la Universidad del Sagrado Corazón.
© imagen: freepik.com





Deja un comentario