Por Sofía Velásquez Mejía
Este ensayo narrado en primera persona aborda temas desde la pesadumbre de un alma cansada, hasta el tormento de un individuo por el hecho de haber despertado un día más. Estas letras pretenden darles voz a los que sienten no tenerla o que, por otro lado, no tienen la fuerza para alzarla; va dirigido a todos los que en algún momento de su pasado o presente sienten que el peso del mundo está en sus hombros, para los que sufren en silencio y los que lo intentan cada día.
Esta lucha interna que amenaza mi existencia parece inexpugnable si la comparo con mi
éxito académico y laboral, ¿cómo es posible serlo todo y nada al mismo tiempo? Tal vez
por ser perfeccionista me lo he ganado a pulso, que de una calificación dependa mi estabilidad mental, del feedback de mis superiores alimento mi valía personal ¿pero dónde quedo yo? (…) ¿dónde quedo yo?
Encuentro imperativo entenderme, entender por qué aún no reino mi cabeza. ¿qué tan
importante es todo lo de afuera, si adentro no funciona? En un mundo sin utopías en donde cada día es una lucha constante con mi peor enemiga, yo misma, tengo epifanías que alumbran mi visión de la vida, que me ayudan a despertar del transe que me adormece y me da una luz traducida en esperanza.
¿Cómo fue que empezó todo? Fue como sumirme lentamente en un océano de pena y luto por la versión de mí misma que moría en mi cara. La energía se redujo a cero, no solo físicamente sino mental y socialmente, pero a los ojos de los demás, la depresión estaba disfrazada de antipatía. Como dijo Carl Jung: “Hablar de mí resulta a menudo un tormento, y necesito muchos días de silencio para recuperarme de la inutilidad de las palabras”.
Me dicen que aprenderé a controlarlo, pero cómo explico que lo que quiero no es control,
sino poder dejar de caminar en puntitas por la vida. No le encuentro gran sentido a muchos de mis pensamientos intrusivos, me esfuerzo en tratar de explicármelo todo a mí misma a ver si le encuentro una dirección al tren descarrilado que se volvió mi mente.
Escucho diario los cristales del espejo agrietarse cada vez que me veo reflejada en él, los oigo caer al suelo con un tintineo que me recuerda que lo que veo no es lo que quiero. Creen que una pluma es caprichosa, pero nadie aguanta su peso, nadie lo entiende y nadie lo sufre como el propio ser que viste esa piel cada día.
En un mundo sin utopías , anhelo el día en el que me sienta completa y una sola, no
fragmentos de mi pasado, no mis errores, no un reflejo distorsionado por mis ojos, no un
número en la báscula… solo yo y mi sed de poder, por fin, vivir la vida.
Este texto recibió una Mención de Honor en la categoría Ensayo del Segundo Certamen Literario (2024) de Educación General y el Laboratorio de Idiomas de la Universidad del Sagrado Corazón.
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