
Hace poco leí una frase en Facebook: «No me gusta estudiar. Me gusta aprender». La cita, atribuida a la actriz Natalie Portman, me hizo recordar una breve reflexión que tuve hace algunos años y un cambio de actitud que vino después.
¿Qué es estudiar?, me pregunté, alguna vez, y me respondí que estudiar es memorizar una información para luego repetirla en un examen.
Por mucho tiempo, y por diversos motivos, estudiar era para mí solo eso: un proceso de devolución de información que no ameritaba nada más que una buena memoria. Sin embargo, a pesar de obtener buenas calificaciones usando este método de estudio, al poco tiempo olvidé la información memorizada.
Solía excusarme y decir que si olvidaba algo se debía a que no era importante o no tenía cabida dentro de mis intereses. Aun más, retaba a las personas a comprobar mi capacidad de memoria hacia los temas que sí me importaban.

El tiempo que pasé memorizando y olvidando información me ayudó a comprender que estudiar no significa aprender y que sacar buenas notas no es garantía de ser poseedor de conocimiento o de inteligencia. Ese mismo tiempo de intercambios sin sentido permitió que me diera cuenta de que hacía falta algo de mi parte.
Entonces, se hizo preciso salir de la burbuja y tener la apertura para entrar en un nuevo espacio de posibilidades que requirió involucrarme con la experiencia en el aula más allá de mi asistencia puntual. Se hizo necesario conectar mis propósitos de vida a las realidades del momento para lograr resultados positivos. Ya había comprobado, vastamente y por años, el desarrollo de una buena memoria; entonces, tenía que reenfocar mi situación.
Cuando decidí aprender, en vez de estudiar, la información dejó de resultarme tan densa como antes; mi sed de conocimiento hizo que la mayoría de los temas en discusión se tornasen interesantes; pregunté lo que no entendí sin temor a parecer estúpido y conversé con los profesores sobre los puntos que más llamaron mi atención.
Cuando decidí aprender, en vez de estudiar, estuve más atento a mi entorno para compararlo con lo discutido en las salas de clases; levanté posturas en torno a temas con los que no simpatizo, pero reconocí la importancia de mi opinión; creé recursos visuales en mi mente para comprender teorías aburridas; desistí de culpar a los profesores por mi desinterés y acepté mi responsabilidad en la experiencia educativa; dejé de ser un cerebro en actitud pasiva y pasé a formar parte del intercambio de ideas.
Desde entonces, jamás me he arrepentido de seguir aprendiendo. Al contrario, he esparcido exitosamente esta actitud, de apertura y compromiso, a otras facetas de mi vida, incluso a proyectos de autoaprendizaje, y he corroborado que para aprender solo hace falta sentido de participación activa.
Te invito a que dejes de estudiar y comiences a aprender. ¿Te animas a cambiar de actitud?
© imágenes: freepik.com





Deja un comentario